El gato negro, de edgar allan Poe

Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 – Baltimore, 1849)

El gato negro

      No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña, aunque familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio. No obstante, yo no estoy loco, y ciertamente no sueño. Pero, por si muero mañana, quiero aliviar hoy mi alma. Me propongo presentar ante el mundo, clara, suscintamente y sin comentarios, una serie de sencillos sucesos domésticos. Por sus consecuencias, estos sucesos me han torturado, me han anonadado. Con todo, sólo trataré de aclararlos. A mí sólo horror me han causado, a muchas personas parecerán tal vez menos terribles que estrambóticos. Quizá más tarde surja una inteligencia que de a mi visión una forma regular y tangible; una inteligencia más serena, más lógica, y, sobre todo, menos excitable que la mía, que no encuentre en las circunstancias que relato con horror más que una sucesión de causas y de efectos naturales.
La docilidad y la humanidad fueron mis características durante mi niñez. Mi ternura de corazón era tan extremada, que atrajo sobre mí las burlas de mis camaradas.
Sentía extraordinaria afición por los animales, y mis parientes me habían permitido poseer una gran variedad de ellos. Pasaba en su compañía casi todo el tiempo y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer o acariciaba. Esta singularidad de mi carácter aumentó con los años, y cuando llegué a ser un hombre, vino a constituir uno de mis principales placeres. Para los que han profesado afecto a un perro fiel e inteligente, no es preciso que explique la naturaleza o la intensidad de goces que esto puede proporcionar. Hay en el desinteresado amor de un animal, en su abnegación, algo que va derecho al corazón del que ha tenido frecuentes ocasiones de experimentar su humilde amistad, su fidelidad sin límites. Me casé joven, y tuve la suerte de encontrar en mi esposa una disposición semejante a la mía. Observando mi inclinación hacia los animales domésticos, no perdonó ocasión alguna de proporcionarme los de las especies más agradables. Teniamos pájaros, un pez dorado, un perro hermosísimo, conejitos, un pequeño mono y un gato. Este último animal era tan robusto como hermoso, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Respecto a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era bastante supersticiosa, hacía frecuentes alusiones a la antigua creencia popular, que veía brujas disfrazadas en todos los gatos negros. Esto no quiere decir que ella tomase esta preocupación muy en serio, y si lo menciono, es sencillamente porque me viene a la memoria en este momento. Plutón, este era el nombre del gato, era mi favorito, mi camarada. Yo le daba de comer y él me seguía por la casa adondequiera que iba. Esto me tenía tan sin cuidado, que llegué a permititirle que me acompañase por las calles. Nuestra amistad subsistió así muchos años, durante los cuales mi carácter, por obra del demonio de la intemperancia, aunque me avergüence de confesarlo, sufrió una alteración radical. Me hice de día en día más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a emplear un lenguaje brutal con mi mujer. Más tarde, hasta la injurié con violencias personales. Mis pobres favoritos, naturalmente, sufrieron también el cambio de mi carácter. No solamente los abandonaba, sino que llegué a maltratarlos. El afecto que a Plutón todavía conservaba me impedía pegarle, así como no me daba escrúpulo de maltratar a los conejos, al mono y aun al perro, cuando por acaso o por cariño se atravesaban en mi camino. Mi enfermedad me invadía cada vez más, pues ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?, y, con el tiempo, hasta el mismo Plutón, que mientras tanto envejecía y naturalmente se iba haciendo un poco desapacible, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció que el gato evitaba mi vista. Lo agarré, pero, espantado de mi violencia, me hizo en una mano con sus dientes una herida muy leve. Mi alma pareció que abandonaba mi cuerpo, y una rabia más que diabólica, saturada de ginebra, penetró en cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré al pobre animal por la garganta y deliberadamente le hice saltar un ojo de su órbita. Me avergüenzo, me consumo, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté una sensacion mitad horror mitad remordimiento, por el crimen que había cometido; pero fue sólo un débil e inestable pensamiento, y el alma no sufrió las heridas.
Persistí en mis excesos, y bien pronto ahogué en vino todo recuerdo de mi criminal acción.
El gato sanó lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, en verdad, un aspecto horroroso, pero en adelante no pareció sufrir. Iba y venía por la casa, según su costumbre; pero huía de mí con indecible horror.
Aún me quedaba lo bastante de mi benevolencia anterior para sentirme afligido por esta antipatía evidente de parte de un ser que tanto me había amado. Pero a este sentimiento bien pronto sucedió la irritación. Y entonces desarrollóse en mí, para mi postrera e irrevocable caída, el espíritu de la perversidad, del que la filosofía no hace mención. Con todo, tan seguro como existe mi alma, yo creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano; una de las facultades o sentimientos elementales que dirigen al carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces cometiendo una acción sucia o vil, por la sola razón de saber que no la debía cometer? ¿No tenemos una perpetua inclinación, no obstante la excelencia de nuestro juicio, a violar lo que es ley, sencillamente porque comprendemos que es ley? Este espíritu de perversidad, repito, causó mi ruina completa. El deseo ardiente, insondable del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar el Suplicio a que había condenado al inofensivo animal. Una mañana, a completa sangre fría, le puse un nudo corredizo alrededor del cuello y lo colgué de una rama de un árbol; lo ahorqué con los ojos arrasados en lágrimas, experimentando el más amargo remordimiento en el corazón; lo ahorqué porque me constaba que me había amado y porque sentía que no me hubiese dado ningún motivo de cólera; lo ahorqué porque sabía que haciendolo así cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, al punto de colocarla, si tal cosa es posible, fuera de la misericordia infinita del Dios misericordioso y terrible.
En la noche que siguió al día en que fue ejecutada esta cruel acción, fuí despertado a los gritos de «¡fuego!» Las cortinas de mi lecho estaban convertidas en llamas. Toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad escapamos del incendio mi mujer, un criado y yo. La destrucción fue completa. Se aniquiló toda mi fortuna, y entonces me entregué a la desesperación.
No trato de establecer una relación de la causa con el efecto, entre la atrocidad y el desastre: estoy muy por encima de esta debilidad. Sólo doy cuenta de una cadena de hechos, y no quiero que falte ningún eslabón. El día siguiente al incendio visité las ruinas. Los muros se habían desplomado, exceptuando uno solo, y esta única excepción fue un tabique interior poco sólido, situado casi en la mitad de la casa, y contra el cual se apoyaba la cabecera de mi lecho. Dicha pared había escapado en gran parte a la acción del fuego, cosa que yo atribuí a que había sido recientemente renovada. En torno de este muro agrupábase una multitud de gente y muchas personas parecían examinar algo muy particular con minuciosa y viva atención. Las palabras «¡extraño!» «¡singular!» y otras expresiones semejantes excitaron mi curiosidad. Me aproximé y vi, a manera de un bajo relieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gato gigantesco. La imagen estaba estampada con una exactitud verdaderamente maravillosa.
Había una cuerda alrededor del cuello del animal. Al momento de ver esta aparición, pues como a tal, en semejante circunstancia, no podía por menos de considerarla, mi asombro y mi temor fueron extraordinarios. Pero, al fin, la reflexión vino en mi ayuda. Recordé entonces que el gato había sido ahorcado en un jardín,contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín habría sido inmediatamente invadido por la multitud y el animal debió haber sido descolgado del árbol por alguno y arrojado en mi cuarto a través de una ventana abierta. Esto seguramente, había sido hecho con el fin de despertarme. La caída de los otros muros había aplastado a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido; la cal de este muro, combinada con las llamas y el amoníaco desprendido del cadáver, habrían formado la imagen, tal como yo la veía. Merced a este artificio logré satisfacer muy pronto a mi razón, mas no pude hacerlo tan rápidamente con mi conciencia, por que el suceso sorprendente que acabo de relatar, grabóse en mi imaginación de una manera profunda. Hasta pasados muchos meses no pude desembarazarme del espectro del gato, y durante este período envolvió mi alma un semisentimiento. muy semejante al remordimiento. Llegué hasta llorar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los tugurios miserables, que tanto frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y de una figura parecida que lo reemplazara.
Ocurrió que una noche que me hallaba sentado, medio aturdido, en una taberna más que infame, fue repentinamente solicitada mi atención hacia un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de esos inmensos toneles de ginebra o ron que componían el principal ajuar de la sala. Hacía algunos momentos que miraba a lo alto de este tonel, y lo que mé sorprendía era no haber notado más pronto el objeto colocado encima. Me aproximé, tocándolo con la mano.
Era un enorme gato, tan grande por lo menos como Plutón, e igual a él en todo, menos en una cosa. Plutón no tenía ni un pelo blanco en todo el cuerpo, mientras que éste tenía una salpicadura larga y blanca, de forma indecisa que le cubría casi toda la región del pecho.
No bien lo hube acariciado cuando se levantó súbitamente, prorrumpió en continuado ronquido, se frotó contra mi mano y pareció muy contento de mi atención. Era, pues, el verdadero animal que yo buscaba. Al momento propuse, al dueño de la taberna comprarlo, pero éste no se dio por entendido: yo no lo conocía ni lo había visto nunca antes de aquel momento. Continué acariciándolo y, cuando me preparaba a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, agachándome de vez en cuando para acariciarlo durante el camino.
Cuando estuvo en mi casa, se encontró como en la suya, e hízose en seguida gran amigo de mi mujer. Por mi parte, bien pronto sentí nacer antipatía contra él. Era casualmente lo contrario de lo que yo había esperado; no sé cómo ni por qué sucedió esto: su empalagosa ternura me disgustaba, fatigándóme casi. Poco a poco, estos sentimientos de disgusto y fastidio convirtiéronse en odio.
Esquivaba su presencia; pero una especie de sensación de bochorno y el recuerdo de mi primer acto de crueldad me impidieron maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de golpearlo con violencia; llegué a tomarle un indecible horror, y a huir silenciosamente de su odiosa presencia, como de la peste.
Seguramente lo que aumentó mi odio contra el animal fue el descubrimiento que hice en la mañana siguiente de haberlo traído a casa: lo mismo que Plutón, él también había sido privado de uno de sus ojos.
Esta circunstancia hizo que mi mujer le tomase más cariño, pues, como ya he dicho, ella poseía en alto grado esta ternura de sentimientos que había sido mi rasgo característico y el manantial frecuente de mis más sencillos y puros placeres.
No obstante, el cariño del gato hacia mí parecía acrecentarse en razón directa de mi aversión contra él. Con implacable tenacidad, que no podrá explicarse el lector, seguía mis pasos. Cada vez que me sentaba, acurrucábase bajo mi silla o saltaba sobre mis rodillas, cubriendome con sus repugnantes caricias.
Si me levantaba para andar, se metía entre mis piernas y casi me hacía caer al suelo, o bien introduciendo sus largas y afiladas garras en mis vestidos, trepaba hasta mi pecho.
En tales momentos, aunque hubiera deseado matarlo de un solo golpe, me contenía en parte por el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente debo confesarlo, por el terror que me causaba el animal.
Este terror no era de ningún modo el espanto que produce la perspectiva de un mal físico, pero me sería muy difícil denominarlo de otro modo. Lo confieso abochornado. Sí; aun en este lugar de criminales, casi me avergüenzo al afirmar que el miedo y el horror que me inspiraba el animal se habían aumentado por una de las mayores fantasías que es posible concebir.
Mi mujer habíame hecho notar más de una vez el carácter de la mancha blanca de que he hablado y en la que estribaba la única diferencia aparente entre el nuevo animal y el matado por mí. Seguramente recordará el lector que esta marca, aunque grande, estaba primitivarnente indefinida en su forma, pero lentamente, por grados imperceptibles, que mi razón se esforzó largo tiempo en considerar como imaginarios, había llegado a adquirir una rigurosa precisión en sus contornos. Presentaba la forma de un objeto que me estremezco sólo al nombrarlo: y ésto era lo que sobre todo me hacía mirar al monstruo con horror y repugnancia, y me habría impulsado a librarme de él, ni me hubiera atrevido: la imagen de una cosa horrible y siniestra, la imagen de la horca. ¡Oh lúgubre y terrible aparato, instrumento del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Y heme aquí convertido en un miserable, más allá de la miseria de la humanidad. Un animal inmundo, cuyo hermano yo había con desprecio destruido, una bestia bruta creando para mí —para mí, hombre formado a imagen del Altísimo—, un tan grande e intolerable infortunio. ¡Desde entonces no volví a disfrutar de reposo, ni de día ni de noche! Durante el día el animal no me dejaba ni un momento, y por la noche, a cada instante, cuando despertaba de mi sueño, lleno de angustia inexplicable, sentía el tibio aliento de la alimaña sobre mi rostro, y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que no podía sacudir, posado eternamente sobre mi corazón.
Tales tormentos influyeron lo bastante para que lo poco de bueno que quedaba en mí desapareciera. Vinieron a ser mis íntimas preocupaciones los más sombríos y malvados pensamientos. La tristeza de mi carácter habitual se acrecentó hasta odiar todas las cosas y a toda la humanidad; y, no obstante, mi mujer no se quejaba nunca, ¡ay! ella era de ordinario el blanco de mis iras, la más paciente víctima de mis repentinas, frecuentes e indomables explosiones de una cólera a la cual me abandonaba ciegamente.
Ocurrió, que un día que me acompañaba, para un quehacer doméstico, al sótano del viejo edificio donde nuestra pobreza nos obligaba a habitar, el gato me seguía por la pendiente escalera, y, en ese momento, me exasperó hasta la demencia. Enarbolé el hacha, y, olvidando en mi furor el temor pueril que hasta entonces contuviera mi mano, asesté al animal un golpe que habría sido mortal si le hubiese alcanzado como deseaba; pero el golpe fue evitado por la mano de mi mujer. Su intervención me produjo una rabia más que diabólica; desembaracé mi brazo del obstáculo y le hundí el hacha en el cráneo. Y sucumbió instantáneamente, sin exhalar un solo gemido mi desdicháda mujer.
Consumado este horrible asesinato, traté de esconder el cuerpo.
Juzgué que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser observado por los vecinos. Numerosos proyectos cruzaron por mi mente. Pensé primero en dividir el cadáver en pequeños trozos y destruirlos por medio del fuego. Discurrí luego cavar una fosa en el suelo del sótano. Pensé más tarde arrojarlo al pozo del patio: después meterlo en un cajón, como mercancía, en la forma acostumbrada, y encargar a un mandadero que lo llevase fuera de la casa. Finalmente, me detuve ante una idea que consideré la mejor de todas.
Resolví emparedarlo en el sótano, como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. En efecto, el sótano parecía muy adecuado para semejante operación. Los muros estaban construidos muy a la ligera, y recientemente habían sido cubiertos, en toda su extensión de una capa de mezcla, que la humedad había impedido que se endureciese.
Por otra parte, en una de las paredes había un hueco, que era una falsa chimenea, o especie de hogar, que había sido enjabelgado como el resto del sótano. Supuse que me sería fácil quitar los ladrillos de este sitio, introducir el cuerpo y colocarlos de nuevo de manera que ningún ojo humano pudiera sospechar lo que allí se ocultaba. No salió fallido mi cálculo. Con ayuda de una palanqueta , quité con bastante facilidad los ladrillos, y habiendo colocado cuidadosamente el cuerpo contra el muro interior, lo sostuve en esta posición hasta que hube reconstituído, sin gran trabajo toda la obra de fábrica. Habiendo adquirido cal y arena con todas las precauciones imaginables, preparé un revoque que no se diferenciaba del antiguo y cubrí con él escrupulosamente el nuevo tabique. El muro no presentaba la más ligera señal de renovación.
Hice desaparecer los escombros con el más prolijo esmero y expurgué el suelo, por decirlo así. Miré triunfalmente en torno mío, y me dije: «Aquí, a lo menos, mi trabajo no ha sido perdido».
Lo primero que acudió a mi pensamiento fue buscar al gato, causa de tan gran desgracia, pues, al fin, había resuelto darle muerte. De haberle encontrado en aquel momento, su destino estaba decidido; pero, alarmado el sagaz animal por la violencia de mi reciente acción, no osaba presentarse ante mí en mi actual estado de ánimo.
Sería tarea imposible describir o imaginar la profunda, la feliz sensación de consuelo que la ausencia del detestable animal produjo en mi corazón. No apareció en toda la noche, y por primera vez desde su entrada en mi casa, logré dormir con un sueño profundo y sosegado: sí, dormí, como un patriarca, no obstante tener el peso del crimen sobre el alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día, sin que volviera mi verdugo. De nuevo respiré como hombre libre. El monstruo en su terror, había abandonado para siempre aquellos lugares. Me parecía que no lo volvería a ver. Mi dicha era inmensa. El remordimiento de mi tenebrosa acción no me inquietaba mucho. Instruyóse una especie de sumaria que fue sobreseída al instante. La indagación practicada no dio el menor resultado. Habían pasado cuatro días después del asesinato, cuando una porción de agentes de policía se presentaron inopinadamente en casa, y se procedió de nuevo a una prolija investigación. Como tenía plena confianza en la impermeabilidad del escondrijo, no experimenté zozobra. Los funcionarios me obligaron a acompañarlos en el registro, que fue minucioso en extremo. Por último, y por tercera o cuarta vez, descendieron al sótano. Mi corazón latía regularmente, como el de un hombre que confía en su inocencia. Recorrí de uno a otro extremo el sótano, crucé mis brazos sobre mi pecho y me paseé afectando tranquilidad de un lado para otro.
La justicia estaba plenamente satisfecha, y se preparaba a marchar. Era tanta la alegría de mi corazón, que no podía contenerla. Me abrasaba el deseo de decir algo, aunque no fuese más que una palabra en señal de triunfo, y hacer indubitable la convicción acerca de mi inocencia.
—Señores —dije, al fin, cuando la gente subía la escalera—, estoy satisfecho de haber desvanecido vuestras sospechas. Deseo a todos buena salud y un poco más de cortesía. Y de paso caballeros, vean aquí una casa singularmente bien construida (en mi ardiente deseo de decir alguna cosa, apenas sabía lo que hablaba). Yo puedo asegurar que ésta es una casa admirablemente hecha. Esos muros… ¿Van ustedes a marcharse, señores? Estas paredes están fabricadas sólidamente.
Y entonces, con una audacia frenética, golpeé fuertemente con el bastón que tenía en la mano precisamente sobre la pared de tabique detrás del cual estaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Ah! que al menos Dios me proteja y me libre de las garras del demonio. No se había extinguido aún el eco de mis golpes, cuando una voz surgió del fondo de la tumba: un quejido primero, débil y entrecortado como el sollozo de un niño, y que aumentó después de intensidad hasta convertirse en un grito prolongado, sonoro y continuo, anormal y antihumano, un aullido, un alarido a la vez de espanto y de triunfo, como solamente puede salir del infierno, como horrible armonía que brotase a la vez de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios regocijándose en sus padecimientos.
Relatar mi estupor sería Insensato. Sentí agotarse mis fuerzas, y caí tambaleándome contra la pared opuesta. Durante un instante, los agentes, que estaban ya en la escalera, quedaron paralizados por el terror. Un momento después, una docena de brazos vigorosos caían demoledores sobre el muro, que vino a tierra en seguida.
El cadáver, ya bastante descompuesto y cubierto de sangre cuajada, apareció rígido ante la vista de los espectadores. Encima de su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y el ojo único despidiendo fuego, estaba subida la abominable bestia, cuya malicia me había inducido al asesinato, y cuya voz acusadora me había entregado al verdugo…
Al tiempo mismo de esconder a mi desgraciada víctima, había emparedado al monstruo.

Podeis saber mas sobre Edgar Allan Poe en wikipedia o los pasajes de la historia de Cebrian

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Animales de segunda mano

02/08/2012 1 comentario

Los albergues de España estan saturados de animales. Algo que, por desgracia, no es nuevo y ocurre desde hace muchos años. Según un estudio de la Organizacion de consumidores y Usuarios (OCU) mas del 75% de los españoles encuestados ha visto animales vagaundos en la calle, con mucha o bastante frecuencia.

En paises como Bélgica o Italia, sus habitantes se topan con mucho menos frecuencia con animales desvalidos por la calle. Por el contrario, en España, aún se ven cachorros abandonados en la autovía que acaban atropellados, como me comentaron el otro día los responsables del centro de acogida municipal de Madrid. A los abandonos indiscriminados por cuestiones de irresponsabilidad, ahora por motivo de la crisis hay que añadir otros por causas de fuerza mayor. Me refiero a los desahucios por problemas economicos de muchas familias y emigrantes que deben regresar a su pais porque en España no hay trabajo. Estas personas tienen problemas para poder llevar consigo a su animal, aunque no quieran separarse de él.

Internet, venta de animales

El panorama no es nada halagüeño, pero es un error culpar a la crisis del eterno panorama de albergues saturados de animales en España. Hace 5 años la situación económica era boyante y sin embargo el problema de abandono de animales en nuestro país seguía en ebullicion. De hecho llama la atención que en internet se pueden ver miles de anuncios como este: “espectaculares cachorritos de Bichón Maletés, 550 € listo para entregar, con trasporte incluido” No se muy bien como interpretar esta proliferación de negocio de compra-venta de animales en la Red. Si no funcionara bien no funcionaria con tanto éxito. Entonces, ¿que ocurre? Parece que los españoles preferimos comprar animales antes de adoptarlos. Quizás haya quien piense que los “animales de segunda mano” no son tan atractivos como los que se pagan 500 €.

Un coladero

El caso es que internet se ha convertido en un estupendo coladero para quienes quieren hacer negocio con los animales a base de explotarlos y pasar por alto su bienestar. Incluso es un buen escaparate para vender animales robados o camadas que provienen de perras convertidas en maquinas de parir. Así que, es una pena llenar los bolsillos de esta gente sin escrupulos con los animales.

En las manos de todos esta denunciar a quienes se amparan en el anonimato que ofrece la red para vender animales robados, exprimir a las hembras y tratar a los animales como si fueran una mercancia. De todas las maneras, no es cuestión de criminalizar internet. Se trata solo de una herramienta que bien utilizada tambien puede servir para que se adopten animales. De hecho en la red, la mayoría de las asociaciones de proteccion animal cuentan con una web, donde se pueden ver fotos de los animales que se pueden adoptar

Los españoles adoptamos poco

Es una pena que la cultura solidaria de la adopción no haya hecho mella en los españoles. Abandonamos y abandonamos pero no adoptamos al mismo ritmo. A base de repetir hasta la saciedad que adoptar un animal es una opción solidaria y necesaria para quienes deciden compartir su vida con un perro o un gato ha aumentado con respecto a hace 10 años quienes adoptan. La cifra es aun insuficiente entra los animales que entran en los centros de adopcion y los que salen.

Los animales de segunda mano no existen. Solo hay seres vivos que han sido victimas de irresponsabilidades de muchas personas y buscan un hogar. No se distinguen en absoluto de los que se venden en Internet, en las tiendas, son de determinada raza o tienen pedigrí. Todos son estupendos compañeros necesitados de amor y cariño y dispuesto a entregarlo todo con creces sin esperar nada a cambio. Lo que si son de tercera categoría son las personas que abandonan, desprecian, maltratan y explotan a los animales.

Fuente: Pelo pico pata

Aprovecho esta entrada para informar que Ivan, el gato apadrinado por mi de la protectora “Proyecto Gato” de Pontevedra sigue en adopción

 

 

 

 

En un mimosón y muy cariñoso, podéis acudir a la protectora para adoptarlo o poneros en contacto con ellos via mail

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Cuanta razon en julio

Todas las imagenes son de Cuanta Razon

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Gatos de Estambul

Esta caseta “de los gatos” estaba en el jardin de la universidad islamica de Estambul

Que mejor bienvenida que un felino a la entrada. Simbolo de buena suerte, espantador de malos espiritus? algo seguro es que no veras un solo raton en toda la ciudad

Gato merodeador por los jardines de Sultanahmet, del unico kebab que probé en Estambul el se comió buena parte de la carne, yo todo el resto

Los gatos de Estambul se dejan hacer hasta por los niños, eso no es algo que veas en España, aqui salen corriendo según se les acerca un niño o un adulto en la calle

Cuidando de la tumba de Mehmet II

Muchas veces los gatos son de las tiendas y te los encuentras dentro

No todo lo que ves en las tiendas esta en venta

Con este estuve jugando un buen rato, en una mezquita de la parte asiática de Estambul

Vaya pelada, podían haberle dejado melena

(imagen facilitada por @jjmerelo via twitter)

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Proyecto gato deshauciada

Proyecto gato es deshauciada

LA JUEZA NOS ACABA DE CONCEDER LA SOLICITUD DE AMPLIACIÓN DEL PLAZO DEL DESAHUCIO

Nos acaban de conceder la prórroga solicitada; los 15 días se convierten ahora en 2 meses. Es un respiro que no soluciona el problema pero que nos va a permitir encontrar un sitio y trasladar a los animales con más tranquilidad. Seguimos buscando ese sitio, necesitamos ayuda en la búsqueda. Necesitamos unos 200-300 m2 de instalación a ser posible con un exterior.

Y seguimos apelando a vuestro apoyo y colaboración, tanto en las casas de acogida, adopciones, nuevos socios y padrinos, como en la difusión de toda esta problemática. Vamos a organizar en estos dos meses todos los eventos que nos sea posible para recaudar fondos; conciertos mercadillos….

Os iremos informando de todo y una vez más, gracias por estar ahí. Sin la ayuda de tod@s no podríamos llevar a cabo nada de esto. GRACIAS!!!

Desde este blog os animo a apadrinar ahora más que nunca para que una gente sin animo de lucro pueda seguir cuidando a estos felinos.

Este es Ivan, el gato que he apadrinado:

Iván es otro de los “aparecidos” en la Madroa. No estaba metido en una bolsa de plástico ni en una caja de cartón, simplemente aparecido pidiendo de comer, sucio y hambriento.

Es un osito de peluche que sólo quiere mimos y más mimos
Desde luego que sea un gato muy parecido a Balú ha sido lo que me ha llamado la atención.
Podeis apadrinar desde aqui pero antes elegid un gato a apadrinar
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Los niños que conviven con animales son mas saludables

La convivencia desde bebés reduce la prevalencia de enfermedades respiratorias, infecciones y el desarrollo de alergias

Un estudio efectuado en niños finlandeses se suma a la lista de reportes médicos que sugieren que la exposición a las bacterias de perros y gatos ayuda a desarrollar sus defensas, en comparación con niños criados en hogares sin mascotas.

397 niños nacidos en el Hospital de la Universidad Kuopio fueron estudiados por un año, sus padres llenaban cuestionarios semanales relacionados con las enfermedades de los infantes y su contacto con los perros.

En un análisis de variables múltiples se estableció que los niños que tienen perros en casa eran más sanos que los niños que no tenían contacto con perros, presentando un 30% menos infecciones respiratorias como tos, rinitis y fiebre, así como un 50% menos infecciones del oído. Además necesitaban menos antibióticos durante su primer año de vida que los menores sin contacto a las mascotas peludas. “Estos resultados sugieren que el contacto con perros puede tener un efecto protector contra las infecciones durante el primer año de vida. Nuestras conclusiones apoyan las teorías que durante el primer año de vida el contacto con animales es importante, posiblemente llevando a una mayor resistencia a las infecciones respiratorias durante la infancia” establece el reporte escrito de la investigación encabezada por la doctora Eija Bergroth. El estudio también establece que el contacto con los gatos no parece tener un impacto tan fuerte como el contacto con los perros en la disminución de la prevalencia de infecciones respiratorias. Los resultados del estudio fueron publicados en la edición de julio en la versión en línea de la revista especializada Pediatrics.

Los investigadores reconocen que es necesario continuar investigando la relación entre las enfermedades de los infantes y su contacto con las mascotas. Sin embargo un estudio publicado en septiembre de 2009 en la Revista Alergia e Inmunología Clínica señala que los niños que viven con perros o gatos presentan un menor riesgo de desarrollar sensibilidad a las alergias. La investigación utilizaba datos del Estudio Multidisciplinario de Salud y Desarrollo Dunedin en Nueva Zelanda, un proyecto de largo plazo que recopiló por más de 30 años información médica de bebés nacidos a principios de la década de 1970.

Este estudio también establecía que los adultos que vivían con perros y gatos también presentaban un mayor efecto protector a las enfermedades. La reducción del riesgo no se limitaba a los alérgenos animales, también a los encontrados en el polvo y el pasto.

Fuente: Cadena Ser

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Los gatos vigilan el Hermitage

El museo de San Petersburgo dispone de 65 felinos que patrullan por el museo cuidando la pinacoteca frente a los roedores

El museo del Hermitage de San Petersburgo, la pinacoteca más grande del mundo, puso hace tiempo en funcionamiento la manera más tradicional de preservar su magnífico patrimonio del ataque de los roedores. Una ‘patrulla’ constituida por 65 gatos es la encargada de poner a raya a los intrusos. Tres personas se dedican a tiempo completo a atender y alimentar a esos felinos, silenciosos, discretos y muy, muy gordos.

Irina Popovets -con gorrito y bata blanca- se encarga de cuidarlos. Les dedica seis horas todos los días y si precisan asistencia veterinaria, no se aleja de ellos ni medio metro. Su función es mantenerlos en plena forma. «La sola presencia de los gatos basta para ahuyentar a ratas y ratones», afirma Popovets. Según sus palabras, «a veces tenemos que poner dinero de nuestros bolsillos para cubrir los pequeños gastos que acarrean, pero lo hacemos con mucho gusto». También existe un fondo benéfico -sustentado por la asociación ‘Amigos de los felinos del Hermitage’- que aporta donativos. Para fomentar la generosidad de los donantes, de vez en cuando se organizan exposiciones temáticas dedicadas a las pinturas en las que aparecen gatos y otros animales domésticos retratados. Y es que todos los años la dirección del museo rinde homenaje a las adorables y bigotudas criaturas que habitan los sótanos del inmenso Palacio de Invierno. El director del Hermitage, Mijaíl Piotrovski, señala que «los gatos se han convertido en una parte muy importante de la vida del museo y en una de sus leyendas más significativas». Piotrovski contaba en una ocasión que «el zar Pedro I el Grande trajo al palacio un gato que le regalaron en Holanda». Aquello fue a comienzos del siglo XVIII y, según el director del Hermitage, «fue entonces cuando comenzó nuestra historia de amistad con estos animales». La emperatriz Catalina II, creadora del museo en 1764, dio orden de seleccionar a los mejores gatos cazadores de ratones. La soberana fue quien, por primera vez, otorgó a los felinos el estatus de «custodios» de las riquezas allí atesoradas. Lo cierto es que los rusos son en general amantes de los animales y de los gatos en particular.
El Hermitage acumula en sus fondos unos tres millones de piezas pertenecientes a distintas épocas, civilizaciones y culturas. Solamente un 3% de todas esas obras están a la vista del público, pero los gatos cuidan de esas y, sobre todo, de las que están guardadas en los almacenes. Se procura evitar que salgan a la calle y contacten con otros animales, pero no siempre se consigue. El tamaño que tienen hace difícil crear obstáculos que limiten sus movimientos. Por eso, en ocasiones, algún gato vagabundo suele unirse a la cuadrilla.
Fuente: El correo
Como se entere Montoro de la eficacia pronto hace EREs de suspension de empleo en las pinacotecas españolas